
… algo siempre sucede
Cuando la sirena de la ambulancia suena en el valle de Curahuasi, es un símbolo de alerta a los habitantes de que algo ha pasado. Más de un médico en los hospitales sospecha que probablemente sus horas de oficina se retrasarán más de lo habitual. Un poco más tarde, el cuerpo de bomberos transporta cinco heridos a la sala de urgencias del hospital Diospi Suyana.
Un hombre mayor estaba conduciendo bajo la influencia del alcohol, de pronto choca a un camión y luego a un taxi repleto de pasajeros. Ahora, las personas pasan la noche el hospital y no con sus respectivas familias. Tal escenario podría tener lugar en cualquier ciudad, en cualquier momento. Un movimiento en falso, y el destino cambia y se mancha de sangre en el hospital.
Hay maneras de protegemos y evitar estos impases. Empecemos por elegir un coche sólido con múltiples bolsas de aire, frenos ABS y sistemas de alerta. Conducir con cuidado y mirar dos veces en el espejo retrovisor. Si hay un accidente, la compañía de seguros paga. El cirujano recompone las piezas rotas. Pero el hecho es que nadie deja de correr el riesgo de tener un accidente.
Un borracho va a toda velocidad a través de una curvada autopista de aldea. Un adolescente quiere demostrar a su novia sus dones al volante. Inicia con el acelerador y termina con el freno. Un mototaxi quiere ganarle al tráfico y va de un carril al otro, serpenteando la muerte. Y finalmente, un hombre joven sufre un ataque al corazón. Por desgracia, el estar al volante sin tener el control trae consecuencias nefastas.
¿Qué pasaría si todo nuestro futuro terminaría repentinamente en una silla de ruedas o incluso en la morgue? ¿Estamos preparados? ¿Hemos ordenado nuestras relaciones con la gente y con Dios?













