El fatídico día 27 de septiembre de 2000

Toda gran visión tiene su hora de nacimiento

Desde nuestra época de estudiantes, mi esposa Tina y yo hablábamos regularmente de fundar un hospital misionero. Queríamos ofrecer la mejor medicina a los más pobres entre los pobres. Pero, ¿cómo, dónde y cuándo? No teníamos ni idea. En 1986, presenté la idea a un grupo de estadounidenses en una fiesta de Acción de Gracias. Eso fue en Houston, Texas, y desde entonces ha corrido mucha agua por los ríos de este mundo.

El 27 de septiembre de 2000, me senté tristemente en una pensión de Quito, Ecuador, mirando fijamente la pared blanca de la habitación. Me di cuenta de que sólo vivíamos una mentira. Este hospital no era más que un castillo en el aire. Y Tina y yo cumplíamos todos los criterios de una quimera. Sólo había una vaga idea y dificultades casi insuperables. ¿Acaso no éramos unos impostores que hacían grandes ruidos?

Lamentablemente, abrí mi pequeño devocionario por la noche y leí el texto bíblico recomendado para el día. Estaba en el Salmo 32 y leí el pasaje en una Biblia en español. Cuando llegué al versículo 8, las palabras me sacaron instantáneamente de mi estado depresivo. Decía: «Dios dice: ‘Mis ojos están puestos en ti. ¡Te daré guía y consejo y te mostraré el camino que debes seguir!

Y en ese momento ocurrió algo que nunca me había pasado en la vida. El verso saltó por los aires y penetró profundamente en mi interior.

Mi resignación dio paso a un increíble sentimiento de euforia. De repente tuve la convicción sólida como una roca de que este hospital misionero no sólo podía construirse, sino que se construiría. No éramos nosotros quienes teníamos la responsabilidad última, sino Dios mismo. Él nos llevaría de la mano a mi esposa Tina y a mí y nos haría saber qué acciones debíamos emprender.

La promesa del libro de los libros iba a cumplirse mil veces. Dios abrió puertas que parecían cerradas y atrancadas. Nos condujo por caminos misteriosos que ni nosotros ni los demás conocíamos. El resultado es uno de los hospitales misioneros más modernos del mundo, que ya ha tratado a más de 600.000 pacientes hasta la fecha.

Cuando Dios nos encuentra y nos encarga, comienza el viaje hacia la imposibilidad. Esta verdad me golpeó justo en el corazón hace hoy 25 años y nuestro sueño echó a volar. Sin la bendición y la guía de Dios, nuestra obra no se habría realizado. Por eso no nos cansamos de decir: «¡Soli Deo Gloria!»/KDJ

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