
Habitantes de la montaña envenenados en busca de ayuda
Lo que me cuenta Liliana Peña Soncco, de la provincia de Espinar, me llega al corazón. Escucho con gran preocupación su relato desde mi oficina. Una mina de cobre de la zona está envenenando el agua y, con ello, el sustento de los habitantes quechuas de los alrededores. Los análisis médicos han demostrado que la gente de allí está expuesta a metales pesados. Los arroyos están muertos y el futuro es desolador. El Estado se lava las manos y los pacientes enfermos van de un hospital a otro sin que nadie los tome en serio.
«En 2023, nuestra ONG llevó a siete personas afectadas al hospital Diospi Suyana. ¡Era la primera vez que alguien escuchaba el sufrimiento de los afectados y les ayudaba de verdad!». Liliana Peña se mantiene serena, aunque la situación es para desesperarse. Los intereses económicos son lo primero, y parece que los vecinos no tienen ningún derecho.
«¡Nos encantaría presentarnos con otros 20 pacientes!» — La colaboradora del grupo de derechos humanos «Derechos Humanos sin Fronteras» espera una respuesta positiva. Llamo enseguida a mi mujer, Martina, y en un santiamén preparamos un plan de acción.
Llevamos 23 años viviendo en Perú y podríamos escribir un libro entero sobre la corrupción y el egoísmo despiadado que hay en el país. Y precisamente por eso existe Diospi Suyana en Curahuasi. Un lugar al que pueden acudir aquellos a quienes nadie más quiere ayudar. Para los que no tienen a nadie que les defienda. Y para las personas que dudan de Dios, del mundo y del valor de su propia vida. /KDJ















