
¿Qué valor tiene un bebé antes y después de nacer?
El abandono de bebés era una práctica habitual y frecuente en la antigua Roma. No se trataba de un fenómeno marginal, sino de una parte integral de la planificación familiar y la estructura social romanas. No eran pocos los que eran recogidos por padres adoptivos para luego venderlos como esclavos o prostitutas. Está históricamente demostrado que los cristianos salvaron la vida a muchos de esos bebés y, de esta forma, los protegieron de la esclavitud y la explotación sexual.
Este patrón de comportamiento cambió con la creciente influencia del cristianismo. La idea de que la máxima autoridad del universo ama a cada persona y le reconoce, ya desde el vientre materno, la imagen y semejanza de Dios, llevó a una reevaluación moral radical. En el año 374 d. C., bajo el reinado del emperador Valentiniano I, el abandono de niños quedó finalmente prohibido por ley y se tipificó como delito.
En los últimos 25 años se han practicado 2.755.346 interrupciones voluntarias del embarazo en Alemania. Eso supone una media de 110.213 abortos al año. Los datos médicos muestran que el 97 % de esos niños habrían estado completamente sanos en el momento del nacimiento. El motivo de estas interrupciones del embarazo fue, en el 4 % de los casos, indicaciones médicas; en el 1 %, indicaciones de carácter penal (por ejemplo, violaciones); y en el 95 %, motivos personales como problemas económicos, conflictos de pareja o que ya se hubiera completado la planificación familiar.
En la sociedad pagana de Roma, a los niños abandonados no se les atribuía ningún valor intrínseco. Matar a los bebés o dejarlos morir de hambre era algo que la opinión pública y la ley aceptaban sin más. Hoy en día se observa una actitud similar con respecto al aborto como fenómeno masivo. Paralelamente a esta evolución, en amplios círculos se ha perdido el conocimiento de los contenidos bíblicos, como los Diez Mandamientos y la visión cristiana del ser humano. Las consecuencias son una brutalización de la sociedad y una visión egocéntrica de la vida que recuerdan mucho a la antigua Roma.
A la sociedad alemana le faltan 2,7 millones de personas. El problema de las pensiones sería mucho menos grave si los seres abortados siguieran vivos. Se podrían cubrir muchos de los 100.000 puestos vacantes en el sector del transporte y un montón de talleres artesanales no tendrían que cerrar por falta de relevo generacional. El ser humano cosechará lo que ha sembrado. Así está escrito. Y así seguirá siendo siempre. Los delitos siguen siendo delitos ante Dios, da igual que la mayoría de un pueblo apruebe o incluso fomente esos abusos.
En el Hospital Diospi Suyana no se practican abortos. Además de nuestra fe cristiana, el juramento de Hipócrates (460-370 a. C.) también prohíbe al médico participar en abortos de cualquier tipo. Mi mujer, Martina, y yo prestamos este juramento junto con otros médicos jóvenes en el verano de 1993 en Johannesburgo. Así pues, nuestra dedicación a los pacientes necesitados e indefensos —y nuestra solidaridad incondicional con los bebés antes y después del nacimiento— se basa en el cristianismo y el helenismo.
Hay una diferencia enorme entre reconocer a Dios como la medida absoluta o querer ser nosotros mismos la medida de todas las cosas. El daño que han causado los nuevos ateos en este sentido es atroz. En las últimas páginas de la guía más importante de todos los tiempos (la Biblia) se dice que llegará el día en que se abrirán los libros. A más tardar en ese momento, cada persona tendrá que dar cuenta de sus actos y palabras. /KDJ











