Por fin, después de tantos años, su historia se publica en español

Bernarda Gutiérrez – la luchadora colombiana

El 4º libro «Un experimento con Dios» se publicará en español a principios de abril. Cuenta la extraordinaria historia del Dr. Lukas Steffen, su esposa Claudia Gutiérrez y su abuela Bernarda. Bernarda tiene ahora 78 años y podrá leer entonces su propia saga familiar.

Su esposa, Claudia Gutiérrez, trabajaba en Diospi Suyana como coordinadora en el jardín de infantes. Desde el nacimiento de su tercer hijo, se dedica a su librería en Curahuasi. Su trayectoria es completamente diferente y aún más interesante. Su saga familiar comienza con su abuela Bernarda, a quien me gustaría llamarla una luchadora por la libertad colombiana. Lo considero un privilegio absoluto que mi hijo Dominik y yo pudiéramos visitar a esta distinguida dama en Bogotá. Martes 8 de marzo de 2016 por la mañana, 10 en punto. Un taxista nos lleva al sur de la capital colombiana. Y casi sobre puntual  tocamos el timbre. Unos momentos después, Bernarda Gutiérrez nos sonríe cordialmente. “¡Pasen!”, dice y nos invita a entrar a la casa con un gesto de la mano.

Examino atentamente su rostro. Tiene ojos vivaces y arrugas de expresión propias de su edad. Así que esta es la mujer de quien tanto he oído hablar.

Sin el habitual preámbulo sudamericano, dirijo la conversación directamente a los años 80. Bernarda y su esposo vivían en el campo. Juntos cuidaban de sus 11 hijos. Es decir, cuando él estaba sobrio, mostraba su amor por los niños. Desafortunadamente, su esposo era un alcohólico y pasaba mucho tiempo con sus compañeros de bebida. La familia extensa vivía del cultivo de coca en la selva tropical. Se podría describir a su esposo con una serie de características. La religiosidad ciertamente no era una de ellas.

Pero entonces, la enfermedad atacó inesperadamente. Caminar se le hacía cada vez más difícil. Pronto no pudo controlar sus piernas. Con la fuerza de sus músculos en los brazos, apenas se mantenía en pie con muletas. El pronóstico de los médicos fue devastador: “Su enfermedad es incurable, pasará el resto de su vida en silla de ruedas”.

El enfermo luchaba con su destino y cuestionaba el sentido de su vida. “¿Qué vale mi vida como discapacitado?” El hombre de mediana edad estaba desesperado y cada vez más deprimido. Un día, cuando se encontró con un antiguo compañero de bar, le contó todas sus penas.

“Lo siento”, dijo su antiguo amigo, “pero hay esperanza para ti. Me he convertido en cristiano y me gustaría invitarte a un servicio religioso”.

El Señor Gutiérrez nunca había tenido nada que ver con la fe y Dios. Pero en vista de  su terrible diagnóstico, sus habituales comentarios burlones sonaban extrañamente vacíos. Esa misma noche, cojeó con sus muletas hasta el salón de una iglesia.

Lo que sucedió después es difícil de describir con palabras. Por primera vez sintió la presencia de Dios. El amor de Cristo lo inundó de una manera inexplicable. Se derrumbó y lloró. Su pena por su vida estropeada, su miedo a la enfermedad imparable, su desesperanza, todas sus preocupaciones yacían con él en el piso. Pero en aquellos minutos sucedió mucho más. Cuando se levantó, podía caminar normalmente de nuevo. Dios lo había sanado. Al final del servicio, abandonó la iglesia completamente sano y feliz.

Bernarda miró el rostro jubiloso de su esposo. Evidentemente, no solo se había curado milagrosamente de su enfermedad, sino que además estaba totalmente cambiado. De un día para otro, el alcohólico había superado su adicción.

Algunas semanas después, Bernarda tuvo una experiencia similar en la misma congregación. Apenas cruzó el umbral, fue abrumada por la realidad de Dios. Jesús dijo una vez: “¡He aquí, yo hago nuevas todas las cosas!” Una promesa que se hizo realidad en el hogar de una familia anteriormente rota. La convivencia adquirió una calidad inesperada. La pareja ahora confiaba en Dios juntos y daba sus primeros pasos en la fe.

¿Quién podría culpar al hombre de que su pensamiento girase en torno al poder real de Dios? Todos sus amigos y familiares deberían experimentarlo. También necesitaban un cambio. Y por supuesto, tenían que salir del negocio de las drogas.

El señor Gutiérrez no solo recibió reconocimiento, sino también burlas y desprecio. Sus antiguos compañeros se molestaban por sus discursos piadosos. ¿Por qué deberían dar la espalda al lucrativo cultivo de drogas, solo porque su ex compañero Gutiérrez actuaba como un santo?

Cuando Jesús habló de la cruz del discipulado hace 2.000 años, probablemente ya tenía en mente al esposo de Bernarda. Porque dos años después, en algún lugar de la selva tropical, los narcotraficantes mataron a Gutiérrez y arrojaron su cuerpo al río.

Bernarda no sabía nada de todo esto. Ella esperaba el regreso de su esposo. Una noche tuvo un sueño extraño. Vio a su marido lavándose las manos en una fuente de aguas  cristalinas. Ella estaba a su lado haciendo lo mismo. El agua limpiaba más que solo sus manos, limpiaba toda su vida. Pero ¿qué era eso? El rostro de su esposo comenzó a brillar y luego dos ángeles se lo llevaron. Una visión extraña. ¿Tendría quizás un significado más profundo?

Esa misma semana se enteró de la muerte violenta de su esposo. El dolor la golpeó con una fuerza terrible, pero la angustia emocional no pudo aplastarla. Estaba segura de que Dios la había preparado a través del sueño. Su esposo estaba muerto, pero seguro en las manos de Dios.

Bernarda estaba en sus mejores años y ya era viuda, responsable de 11 hijos y completamente desamparada. Se arrodilló en casa y derramó su corazón a Dios. Como por sí sola abrió la Biblia. Un versículo saltó a sus ojos: “¡Yo soy un Dios de las viudas y los huérfanos!”

Cada día era una lucha por sobrevivir. Bernarda tenía y quería criar a sus hijos. Diariamente buscaba ayuda en la oración. De rodillas luchaba con Dios. El Invisible se le acercaba cada vez más. Él veía sus preocupaciones y respondía sus oraciones. La pequeña mujer crecía en la oración y prácticamente se superaba a sí misma. Dios, el Misericordioso y Fiel, le otorgó una perseverancia que ella nunca creyó tener. La oración y el ayuno se convirtieron en una parte importante de su vida.

Han pasado cuatro décadas desde entonces. Bernarda es una mujer sencilla, pero su fe es profunda y genuina. Ha sacado a todos los miembros de la familia -uno por uno- del negocio de las drogas a través de la oración. Los milagros que ha experimentado con Dios podrían llenar más que solo un libro.

Antes de despedirnos, Bernarda pronuncia una oración de bendición por nosotros. Viene desde lo más profundo de su corazón y está llena de pasión. Ella habla con el Creador del universo, a quien no podemos ver, pero sí experimentar. Siento instintivamente que en esos minutos, cada frase y cada palabra tienen peso. La bendición de esta anciana es muy querida y valiosa para mí.

“Hermana”, le digo a la bisabuela frente a mí: “Su historia debe preservarse para las generaciones futuras. ¡El libro debería estar escrito hasta Navidad!”

Lamentablemente, la abuela de Claudia, aún no ha cumplido con mi petición hasta ahora, y por eso he incluido con gusto sus recuerdos en este libro.

Recuerdo con agrado una visita a la cárcel central de la ciudad de Abancay. Una semana antes de Navidad, realizamos una gran intervención médica en el lugar más inhóspito de la capital regional. Unos 30 empleados de Diospi Suyana trataron a cientos de presos y, finalmente, los reclusos recibieron un pequeño pastel navideño, literatura cristiana y medias calientes.

La mayor parte del tiempo, Claudia Gutierrez había desaparecido de mi vista. Ella se había dirigido inmediatamente después de la entrada, al sector de mujeres para dar testimonio de su fe a estas mujeres duramente golpeadas por la vida. Por supuesto, también se habló de la historia de su familia. Según me enteré, las mujeres encarceladas estaban todas profundamente conmovidas y hubo muchas lágrimas de emoción. /KDJ

Foto superior tomada el 8 de marzo de 2016: Bernarda (izquierda) nos muestra una foto antigua de algunos de sus hijos.

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